Cuatro años y medio después de la entrada oficial de Rust en el kernel Linux 6.1, con drivers reales de GPU Apple y NVMe en producción y tras varios conflictos mediáticos entre mantenedores, toca hacer balance técnico sin histrionismo. Qué funciona, qué cuesta y hacia dónde va la próxima fase.
Polars lleva dos años pidiendo relevo a pandas. Con Polars 1.x estable y una comunidad creciente, toca revisar dónde de verdad compensa migrar, dónde pandas sigue ganando y cómo convivir entre ambos sin pagar dos veces.
Firecracker lleva años detrás de Lambda y Fargate, pero su adopción fuera de AWS se ha acelerado. Repaso cuándo compensa cambiar containers por microVMs, qué aportan frente a gVisor y dónde siguen las asperezas.
Rust entró en el kernel de Linux como experimento en 2022. Tres años después tenemos drivers estables en árbol, una API interna cada vez más pulida y la primera camada de contribuyentes que consideran el lenguaje la opción por defecto para código nuevo.
La edición 2024 estable desde febrero. Siete semanas después, las piezas que realmente importan: captura de variables más estricta en cierres, nuevos prelude y un unsafe más ergonómico en bloques.
Rust 1.75 estabilizó async fn en traits y return-position impl Trait. Rust 1.76 mejoró el debug info y los tipos de puntero. Releases iterativas que acumulan ergonomía real.
Linkerd apuesta por simplicidad y rendimiento antes que por catálogo de features. Dónde supera a Istio, qué cuesta operarlo y cuándo un service mesh compensa la complejidad.